Sirena

El destino nos niega una vez más la dicha de encontrarnos.

Vi el reconocimiento en sus ojos marrones. Intento decir algo pero un borbotón de sangre impidió que las palabras salieran.

Subí casi corriendo a mi habitación con su cuerpo sucio apretado contra mi pecho. Me quede casi afónico gritando órdenes y negándome a dar explicaciones a mis sirvientes que me pedían cordura.

Ahora ya no queda ninguno de ellos, solo mi fiel Sebastián. Es al único que parece no preocuparle entrar en mi habitación en donde he acostado entre sabanas de seda el cuerpo sucio, de sangre, vomito y demás, del pequeño.

El doctor vino finalmente a verlo y solo accedió antes mis amenazas mitad ruegos y suplicas a examinarlo para dar el juicio que ya sabía. Plaga. La misma enfermedad que había arrasado con colonias enteras.

Me quede con el niño. Le limpie el cuerpo llagado. Sebastián preparaba un alimento suave que era lo único que podía comer. Las medicinas que el doctor había recetado costaban una pequeña fortuna en ese lugar sitiado por la plaga. Las medicinas solo servían para bajar su fiebre, pero no calmaban verdaderamente su dolor. Sabía que no duraría mucho y no me separaba, excepto lo necesario, de él. Mi salud empezaba a minar por las noches de desveló, la preocupación y el dolor en el pecho que sentía al mirarlo sufrir.

Esa mañana la luz del sol me despertó. Sebastián había abierto de par en par las ventanas. Me hice visera con la mano para poder reclamarle pero la figura pequeña recortada por el sol era imposible que fuera la de él.

Mis ojos se acostumbraron a la luz y pude vislumbrarlo. Su cabello rubio ahora dorado con el sol. Su piel antes pálida y macilenta llena de un rosado saludable. Sus ojos casi rojos al igual que sus labios. Su piel al descubierto. Su cuerpo infantil miniatura del de un joven de delicadas proporciones.

Entonces pensé que aquello no podía ser real. Quise mirar hacia la cama pero en un segundo sus manos atraparon mi rostro entre sus dedos regordetes.

– No mirar atrás – dijo con voz suave – la sentencia que le diste a Lot.

Sus labios se unieron a los míos con casta devoción. Aquello no estaba mal. Besar a ese niño no estaba mal. Aquello que se sentía como estar en el cielo no podía ser malo.

Pero ya no era el niño el que se encontraba frente a mí. Una joven de celestial belleza ocupaba su lugar.

– Sirena – musite apenas antes de que su boca poseyera la mía nuevamente.

Entonces todo volvió a mí.

Ella se separo bruscamente y de nuevo me halle en la oscuridad. Sentía algo corriendo por mi rostro y me tomo algo de tiempo darme cuenta que eran lagrimas, mis lagrimas.

En la cama el cuerpo asqueroso del niño que había estado adorando por días. El recipiente del alma que añoraba. Muerto, vacio, inservible.

Mientras su cuerpo se pudre en esa habitación siento la enfermedad en mi propia carne, mi aliento fétido. Sebastián yace muerto ya… realmente ya no hay un solo ser vivo en todo el pueblo a excepción de las ratas que corren por mis pies alimentándose de la carroña… aparte de ellas  soy yo el único que queda.

El único fantasma que deambula por las calles solitarias.

 

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